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1940

Inicios

Doña Licho vivió prendada de las cartas de amor que Isaías Ruíz le escribía desde el alejamiento de sus batallas: “Me despido con el corazón despedazado, mi Lichita, porque te quiero mucho, mucho, linda mía”. La vehemencia del movimiento constitucionalista de Venustiano Carranza mantenía a Isaías fuera de casa. “Hay que tener fuerza, que triunfaremos y seremos muy felices, porque la justicia de Dios caerá implacable sobre los culpables de nuestro sufrimiento”. Pocas cosas alentaban tanto a Lichita en aquellos tiempos bárbaros, como la promesa de una vida en familia.

Las palabras de su amado eran espejo de la pasión con la que habría de engendrar seis hijos en el vientre dispuesto de su mujer. Esa mujer silenciosa y profunda, criada con los buenos modales pueblerinos de Vega de Alatorre, en las costas de Veracruz. La vida fue lo que había imaginado. La maternidad la volvió implacable y su carácter se hizo a la virtud de las pocas palabras, de las acciones certeras, al pragmatismo de principios de siglo y al espíritu festivo de las costas de Veracruz.

Para cuando la sorprendió la viudez, Lichita ya había sufrido una transformación incalculable. La candidez había sido reemplaza por la templanza, las ilusiones por la cautela y el silencio… por una lengua filosa que lo mismo asestaba consejos que sentencias. Todo eso pasó mientras Lichita se convertía en Doña Licho. Una cosa más se había quedado para siempre en ella: una prodigiosa habilidad en la cocina. Las exquisiteces veracruzanas –desde el jocoso puerto con su abundancia marina, hasta la selva prodigiosa– están escondidas en las recetas que pasaron de generación en generación, a través del universo femenino de las cocinas. La comida de Licho se volvió legendaria e impregnó en la memoria de sus nietos los aromas de una infancia feliz, al abrigo de esos platillos que marcarían para siempre los recuerdos de su niñez suculenta.

Cada tarde de su madurez, rezaba en su mecedora, platicaba y sonreía con los vecinos que pasaban y no podía faltarle su jugada de póker, a un lado de la iglesia. Si para algo le alcanzó la vida fue para sembrar en su familia la necesidad de unirse y heredarles una substanciosa tradición culinaria. La exuberancia de las frutas, las especias que de todas partes del mundo llegaban al puerto… aquello era el nacimiento de un linaje de cocineras, que no sólo comprendían la magia de sus manjares domésticos, también se empecinaban en crear una ceremonia alrededor de la comida.

2018

Actualidad

Sus salsas, su pasión por los chiles y las especias, combinadas hoy con el chocolate, ingrediente ancestral de México, toman una forma inesperada… y la mantienen viva entre los suyos. Y si Doña Licho estuviera aún entre nosotros, se sentaría a la mesa, serena… para un festejo más.